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El impacto socio-ambiental de los incendios forestales

¿Por qué las personas se sienten con la libertad de recomendar (y hasta exigir) a los pequeños, medianos y grandes propietarios de plantaciones forestales desmantelar su sistema productivo?

Ahora que la emergencia ha terminado, han surgido diversas propuestas respecto a la mejor estrategia para recuperar los terrenos arrasados por el fuego. La más popular es la que plantea que este desastre es la oportunidad para reforestar mayoritariamente con especies nativas.

Otra es la que plantea que es la oportunidad de realizar reforestaciones “inteligentes” que eviten las malas prácticas, como es plantar hasta el borde mismo de las viviendas. Esta segunda propuesta desconoce que eliminar esta situación no depende unilateralmente de quien planta, sino de una regulación territorial más compleja.

Cuando se propone plantar con especies nativas seguramente no se está pensando en una reconversión productiva de los dueños de las viñas (que no eran las grandes empresas vitivinícolas, sino emprendimientos familiares), ni en una reconversión productiva de la superficie agrícola afectada. Esta aspiración por una forestación con especies nativas está dirigida exclusivamente a aquellos propietarios que poseían plantaciones forestales de pinos y eucaliptos. ¿Por qué se da esta discriminación? ¿Por qué las personas mirando esta tragedia desde su rol de espectador, se sienten con la libertad de recomendar (y hasta exigir) a los pequeños, medianos y grandes propietarios de plantaciones forestales, desmantelar su sistema productivo, la actividad con la que generan ingresos para ellos y sus familias, con la que dan trabajo a las mismas personas que vieron destruidas sus viviendas, por una aspiración altruista de ver todos ese paisaje cubierto con una vegetación nativa que demorará décadas en consolidarse y que no le generará ningún aprovechamiento productivo a sus propietarios.

Me imagino la escena, los dueños de viñas quemadas o aquellos propietarios de diez, quince, cincuenta hectáreas de pinos quemados, probablemente junto con el aserradero en que procesaban la madera; escuchando a esta gente decirles: “es la oportunidad de que planten especies nativas”. Sin ninguna empatía por su situación. Planteando un rechazo atávico a cualquier instrumento de apoyo económico que les permita a estos propietarios afectados, volver a plantar estas especies exóticas con recursos del Estado.

No resultaría absurdo, sin embargo, condicionar la ayuda estatal para la reforestación a plantar especies nativas en forma excluyente, si junto con esa restricción le aseguráramos a los afectados ingresos o mecanismos para generar dichos ingresos mientras esas especies nativas crecen. De lo contrario, les estamos imponiendo un costo económico y social inaceptable, simplemente porque creemos que el sistema productivo forestal que ellos desarrollan no merece ser apoyado.

Pero no nos engañemos, quienes exigen la reforestación con especies nativas no pagarán el altísimo costo de esa propuesta. Y al rechazar cualquier ayuda del Estado que apunte a plantar las mismas especies que se quemaron, están condenando esos suelos a permanecer desnudos por un período indefinido, sometidos a la erosión y sus dueños sometidos a la ruina económica. La dimensión socio-ambiental de los incendios forestales, se les escapa, obnubilados como están por un futuro utópico, donde el bosque nativo vuelva a crecer como era hace quinientos años.

Y no es que no se deba impulsar una restauración ecológica en base a especies nativas en terrenos afectados por incendios (por ejemplo, en las quebradas y las cabeceras de las cuencas). Sino que esta restauración no puede ser a costa de un perjuicio económico de los propietarios de terrenos privados, demandada por una ciudadanía que no comparte los costos de sus altas exigencias. Una política de restauración ecológica en terrenos privados debe realizarse en acuerdo con los dueños de esos terrenos, consensuando las áreas que potencien la generación de servicios ecosistémicos y no empujando hacia un desmantelamiento de los sistemas productivos regionales, por muy reprochables que estos les parezcan a algunas personas.


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