Eficiencia energética y madera: Las claves de una construcción óptima

A la hora de evaluar la eficiencia energética de una edificación, son muchos los factores que deben converger a fin de obtener un resultado óptimo en su desempeño. Igualmente, el diseño del proyecto en su conjunto debe ser orientado a trabajar en forma tal que permita mantener un confort interior idóneo e idealmente sin necesidad de recurrir a sistemas activos, dependientes de energía, para suplir las necesidades de los usuarios que lo habiten.

Según lo explicado anteriormente, y lo amplio del alcance de las condiciones de confort humana (temperatura, humedad, iluminación, velocidad del aire, entre otras), es lógico pensar que la eficiencia energética final de un inmueble está sujeta a numerosas variables de diferente orden y magnitud. Así, decisiones en el diseño arquitectónico, materialidad, equipamiento e incluso modo de habitar, entre otros, pueden afectar en mayor o en menor medida el desempeño energético obtenido. Sin embargo, algunas variables respecto a este desempeño pueden ser relativamente fácil de ser intervenidas, como rutinas de uso de los usuarios o el remplazo de equipos menos eficientes; mientras que existen otras más difícil y pueden tener un gran impacto en la eficiencia final, debiendo ser tratadas idealmente desde las etapas más tempranas de un proyecto. Así, decisiones como orientar una ventana al poniente, en un clima cálido, puede significar el sobrecalentar los recintos aledaños e incrementar innecesariamente la energía necesaria para enfriar; por otra parte, la selección de materiales pétreos con baja aislación térmica puede significar un mayor requerimiento de calefacción y energía asociada. Es por lo anterior, que un diseño bien pensado debe hacerse responsable de todas las variables involucradas en el confort de los ocupantes de una edificación, dando respuesta con el menor requerimiento de sistemas activos y privilegiando estrategias de diseño pasivo, que hagan uso de la arquitectura y materialidad respecto al entorno en que se emplaza el proyecto.

Es así que, junto con el diseño arquitectónico de un proyecto, la materialidad de esté resulta fundamental en el desempeño energético final; teniendo cada material propiedades que lo pueden hacer más o menos atractivo, respecto a sus requerimientos de confort y entorno en el cual se emplaza. En este sentido son pocos los materiales que permiten tanta flexibilidad y beneficios como la madera, destacándose por su baja conductividad térmica, la que permite reducir la transferencia de calor a través de la envolvente. Así, contrario a la creencia popular, no es que la madera sea más “caliente” y por ende sea recomendable para climas fríos; si no que permite reducir las pérdidas de calor por la envolvente del inmueble, al ser un material menos conductivo que otros, como el hormigón, perfilaría metálica o albañilería. Estos últimos, debido a su mayor conductividad térmica, además tienden a facilitar la ocurrencia del fenómeno de condensación y la aparición de moho o similares.

Es importante destacar que las edificaciones en madera no son solo recomendables para climas fríos como se suele creer, pudiendo ser también confortables en climas cálidos y con abundante radiación. Si bien existe una mala fama, injustificada, respecto a que las construcciones en madera tienden a sobrecalentarse en climas calurosos, esto no se debe al material en sí; siendo generalmente el problema, diseños arquitectónicos que favorecen la incorporación de vidriados expuestos al sol y que debido a la gran capacidad de aislación de la madera, de no considerarse medios para evacuar el calor, terminan por sobrecalentar los recintos.