(El Mercurio) Diversos estudios han dado cuenta de la escasez de áreas verdes que albergan las ciudades chilenas. Mientras las urbes de los países OCDE promedian 20 m {+2} por habitante, el Gran Santiago alcanza a solo 3,46 m {+2} por persona, un tercio de los 9 m {+2} que recomienda la Organización Mundial de la Salud. La situación empeora a nivel comunal: los vecinos de Renca, por ejemplo, tienen apenas 1,9 m {+2} , e incluso las familias de Lo Barnechea -una de las comunas con mayor cobertura vegetal de la capital- no superan los 6,3 m {+2} .

Pero esas cifras esconden una realidad aún más dramática. “Es inexacto generalizar las áreas verdes por habitante de toda una ciudad, porque la gente de Pudahuel, por ejemplo, no va a las de Vitacura”, sentencia el geógrafo Ricardo Truffello, director del Observatorio de Ciudades UC y académico del Instituto de Estudios Urbanos de ese plantel.

Para eliminar distorsiones como esa y constatar el real acceso de los chilenos a las áreas verdes en diversas ciudades, Truffello lideró una investigación junto a los geógrafos Piroska Ángel y Cristóbal Herrera, en la que separó las que son públicas (parques y plazas) de las privadas (jardines particulares).

El resultado fue que la gran mayoría de ellas corresponden a estas últimas, lo que disminuye los espacios que efectivamente puede usar la población y se profundizan las desigualdades entre comunas.

Es el caso de Lo Barnechea, donde el 27% de su superficie corresponde a áreas verdes, pero apenas un 0,6% de ellas son públicas. De las 34 comunas de Santiago, solo 10 ostentan más espacios públicos que privados de este tipo y dos -Providencia y Recoleta- lo tienen en un porcentaje importante, principalmente por compartir la mayor parte del Parque Metropolitano.

El estudio constató que ciudades como Valdivia tienen un buen porcentaje de espacios verdes, gracias al parque Saval y a la Universidad Austral, mientras que Punta Arenas exhibe una correcta distribución de estos, lo que redunda en una menor segregación, pese a su baja cantidad de áreas verdes públicas y arborización por razones climáticas.

En el norte, el borde costero ha propiciado que el mayor porcentaje de vegetación se encuentre en las áreas verdes públicas. “Ahí las condiciones climáticas y físicas merman la posibilidad del desarrollo natural de la vegetación, pero se ha ido implementando arborización y vegetación privada en torno a centros turísticos como playas, hoteles y nuevos desarrollos inmobiliarios”, explica Piroska Ángel.

El borde costero también es determinante en Valparaíso y Viña del Mar. Pero aunque estas ciudades no tienen las condiciones climáticas y físicas del norte -el 64,9% de sus parques y plazas tienen cobertura vegetal-, son escasas sus áreas verdes de acceso público más allá de la primera línea de la costa. Si bien los cerros que las rodean compensan este déficit con el aporte que hacen en arborización, para el geógrafo Cristóbal Herrera también hay un factor de riesgo inherente “debido a las condiciones climáticas que propician la generación de incendios forestales”.

Lo mismo ocurre en Concepción y Talcahuano, ciudades donde la arborización de su entorno geográfico hace la mayor contribución “verde” frente a sus escasas áreas de uso público, de las cuales la mitad tiene vegetación propiamente tal.

Santiago muestra una mayor segregación que las regiones, con un centro y un pericentro muy pobres en todas las categorías y donde el cerro San Cristóbal por sí solo da cuenta de una cuarta parte de los espacios públicos verdes de la capital.

Para Truffello, el auge del modelo de suburbio, con barrios privados y condominios, exacerba las desigualdades de acceso a las áreas verdes, al propiciar un desarrollo “para dentro” del cual queda excluida gran parte de la población: “Comunas como Peñalolén y Lo Barnechea disfrazan así su necesidad de contar con estos espacios”.