Corría el 17 de agosto de 1971, pasada las 18 horas, cuando la tranquilidad de la Región de Aysén se vio interrumpida por la erupción del volcán Hudson, luego de unos 200 años de inactividad aparente, cubriendo con sus cenizas las localidades de Ibáñez, Balmaceda, Villa Castillo, Puerto Aysén y Coyhaique.

El despertar del macizo generó una serie de lahares, como se conoce al flujo de sedimento y agua que se moviliza desde las laderas de volcanes, que provocaron la muerte de cinco personas.

Junto a las pérdidas humanas y materiales que dejó el volcán, se sumaron una serie de impactos en el propio ecosistema, los que persisten pese al paso de los años y que podrían tener su postal más representativa en el llamado Bosque Muerto de Aysén.

Foto: Instituto Forestal

Iván Moya, ingeniero forestal y gerente de la Sede Aysén del Instituto Forestal (Infor), quien es además un conocedor de la zona, relata que parte de la ceniza y arena volcánica que se originaron en la erupción del Hudson se depositaron por gravedad en toda la zona cercana, siendo además arrastrada por el río Ibáñez, lo cual provocó cambios en el curso del agua.

Este flujo de material impactó el lugar que actualmente es conocido como el Bosque Muerto, ubicado al lado de la Carretera Austral, a unos 125 kilómetros al sur de la ciudad de Coyhaique, en la zona del valle del Ibáñez, debido a que “es prácticamente plano, con una pendiente muy escasa. Esta característica, sumado al aporte de material volcánico, generó un cambio en el eje del río y múltiples brazos, los que inundaron y transportaron toneladas de material a los bosques que crecían en este valle, causando su asfixia a los árboles superiores y a la regeneración y demás especies arbustivas”, explica Moya. Veinte años después, en 1991, el volcán volvió a hacer erupción, repitiéndose el mismo proceso natural.

Foto: Instituto Forestal

Años después de estas erupciones, el “suelo” que se observa en dicho lugar corresponde a depósitos de material volcánico en proceso de transformación, según comenta Iván Moya, quien estima en al menos metro y medio su profundidad. “Bajo este horizonte se encuentra el suelo donde se desarrollaba el bosque, del cual aún se observan los ejemplares muertos, los cuales están en proceso de degradación y caída. Esta condición está incorporando materia orgánica (nitrógeno) a este suelo conformado por cenizas volcánicas”, advierte, dando cuenta de un proceso que no se detiene pese al paso del tiempo.

Árboles y geografía

Al recorrer el lugar es posible apreciar los troncos que sobresalen del agua, recordando lo que alguna vez fue un bosque y la vida que allí residía.

Alex Fajardo, investigador residente del Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia (Ciep), detalla que “el bosque en cuestión era ribereño, es decir, estaba ubicado en el lecho del río y por lo tanto, estaba en una ‘zona de riesgo’ continuo. Aún cuando el ñirre tiene una alta tolerancia al anegamiento, puede vivir en sitios con una napa freática alta, lo que ocurrió con este bosque en particular fue una inundación de varios metros sin posibilidad de oxigenar las raíces”.

Los volcanes son una expresión más del dinamismo de nuestro planeta, ante lo cual surge la inquietud de cuándo y dónde podría surgir un nuevo bosque muerto. Sobre ello, el especialista del Ciep comenta que “estos eventos de ahogamiento de bosques ocurren en otras partes del mundo, pero en Chile son más escasos los ejemplos y esto se debe a que hay pocos bosques ribereños. Nuestros valles son más bien estrechos, no dejando mucha superficie para el establecimiento de un bosque o están sujetos a disturbios frecuentes, que también impiden el establecimiento de un bosque, que necesita de varias décadas para desarrollarse como tal”.

El futuro del “bosque”

Al ubicarse al lado del camino, para visualizar las formas y expresiones que adquiere este bosque muerto, es extraño no pensar también en el futuro de estos árboles, considerando que no se han regenerado, y por lo tanto, siguen expuestos.

Frente a estas inquietudes, el investigador del Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia explica que “en muchos otros casos, parches de bosque mueren, pero al cabo de una década se vuelven a regenerar y ya nadie nota que ocurrió algo. En este caso, en particular, la regeneración ha tardado en establecerse, quizás por falta de propágulos (semillas) o porque el sustrato aún no es benigno para la germinación de las semillas y el establecimiento de las plántulas. Sin embargo, los tiempos de las especies arbóreas no son los tiempos que los de los humanos y el hecho de que no haya regeneración en medio siglo tampoco es una señal de alarma de que algo fuera de lo normal está sucediendo”.

Galería elaborada a partir de imágenes suministradas por Juan Carlos Recabal y Álvaro Hamamé.